Las percepciones engañan

Las percepciones engañan

Nuestra percepción nos engaña continuamente. Vemos cosas que no son lo que parecen… percibimos peligros que no son reales (solamente existen en nuestra mente).

Una de las clases de los programas de Mindfulness para adultos (MBSR) y también para niños (Mindfulness método Eline Snel) trata justamente de estas percepciones y como no dejarse engañar por ellas.


Trata de estar abierto o abierta a la experiencia, a lo nuevo y desconocido, a otras experiencias o soluciones que difieren de la tuya, estar abierto o abierta a la vida…

Si adoptamos la “mente de principiante” aprendemos más y mejor, seremos capaz de distinguir más oportunidades, podemos ver mejor lo que hay de verdad y reducimos nuestro estrés al resistir menos y no hacer tanto caso a los peligros imaginarios.

El siguiente cuento de Jorge Bucay nos demuestra claramente como podemos a veces equivocarnos terriblemente juzgando situaciones… las cosas no son siempre lo que parecen.

Mis Galletitas

A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren viene con retraso y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación.

Un poco fastidiada, la señora va al kiosco y compra una revista, un paquete de galletitas y una lata de naranjada. Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén.

Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. De pronto, la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer ver que no ha pasado nada; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.

Por toda respuesta, el joven sonríe y toma otra galletita. La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho. El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.

Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita.

– No podrá ser tan caradura – piensa

.. y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas. Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

– ¡Gracias! – dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.
– De nada – contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.

El tren llega. Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa:

– Sinverguenza.

Siente la boca reseca de ira. Abre el bolso para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas. ¡Intacto!

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