¿Podemos dejar de pensar?

¿Podemos dejar de pensar?

Meditar es, en un primer paso, rebajar la cantidad e intensidad de nuestros pensamientos para que la mente no dirija nuestro día a día sino que se convierta en un instrumento para conseguir aquello que nos proponemos, una aliada que camina a nuestro lado mansamente, esperando que la dirijamos en la consecución de nuestros propósitos.

En la iconografía budista la mente es a menudo representada por un elefante. El elefante es un animal grande, poderoso.. e inofensivo cuando está en calma; sin embargo cuando está inquieto o temeroso puede causar grandes daños. Dominar un elefante es sumamente difícil: además de correr tan rápido como el deberíamos tener la fuerza de varios hombres para pararle.

Nuestra mente tiene la velocidad y la fuerza de un elefante que salta de pensamiento en pensamiento, a menudo sin concluirlos, posiblemente encadenándolos a otros que nos vuelven a llevar al mismo punto de partida (pensamientos circulares). Como más nos esforzamos en seguir el ritmo de nuestros pensamientos, más cantidad de ellos se generan y a mayor velocidad aparecen.

Intentando “controlarlos”, una tarea imposible, dejamos de poner atención en nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestro alrededor.

¿Es posible dejar de pensar?

El trabajo de la mente es generar pensamientos, igual que el de los pulmones es respirar o el del corazón latir. No podemos hacer que nuestra mente deje de pensar pero podemos aprender a rebajar el caudal de pensamientos y a utilizar su energía y habilidad para dirigirnos hacia el propósito que definamos.

Si nuestra mente puede poner tanta atención e intención corriendo detrás de muchos pensamientos que no controlamos, imagínate que podría suceder si dirigimos esa fuerza hacia la consecución de un objetivo vital…

Domar la mente

Para poder llegar a este punto debemos llegar a domarla, a conseguir reducir la cantidad de pensamientos que genera y convertirla en una observadora que constata su existencia sin correr detrás de ellos, lo que le da la oportunidad de concentrarse en aquello que decidimos.

Coser, arreglar el jardín, cantar, correr, practicar la meditación budista o zen… son muchas las maneras en que podemos acallar la mente; las que se basan en la respiración son más fáciles de aplicar en cada momento, puesto que todo lo que necesitamos lo llevamos siempre con nosotros.

Cualquiera de las prácticas meditativas que elijamos debemos tener en cuenta tres aspectos:

Atención
Aplicamos voluntariamente el entendimiento a un objeto espiritual o sensible: cultivar una flor, observar nuestra respiración, seguir el ritmo de la música,… Concentrándonos en lo que vamos haciendo dejamos poco espacio a pensamientos que nos distraigan.

Vigilancia
Estamos atentos a la aparición de distracciones; lo habitual es que al principio se presenten constantemente y el objetivo es detectarlos para volver a concentrarnos en nuestro acto meditativo.

Perseverancia
Es imprescindible practicar regularmente la práctica meditativa que elijamos, ya que solo la práctica continuada logrará aumentar nuestra atención y nos permitirá relajar nuestro nivel de vigilancia, hasta que la concentración sea un acto natural.

Una vez hemos conseguido convertir nuestra mente en nuestra servidora, podemos plantearnos nuevos pasos en la meditación, como buscar la transformación individual, conectar con nuestro propósito vital o con el amor universal.

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