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Buscamos el placer, la belleza y la felicidad lejos de nosotros en lo externo o en algun lugar o tiempo remoto. Corremos de un lugar a otro para encontrarla. Pero si supiéramos mirar bien y si nos centrabamos en el presente la encontraríamos muy cerca de nosotros.

Esta gran realidad lo suscribe hoy día el movimiento slow, pero es un tema de discusión desde los tiempos más remotos tal como nos muestra este antiguo cuento Sufi.

Dedo señalando

Para obtener un tesoro golpea en este sitio

Se cuenta que había una estatua de un rey, cuyo dedo índice estaba en posición de señalar. Llevaba la inscripción: “Para obtener un tesoro golpea en este sitio”.

Su origen era desconocido, pero muchas generaciones de personas de aquella ciudad habían golpeado, con todo tipo de instrumentos, en el lugar señalado. Esos golpes, sin embargo, dejaron pocas huellas en la dura piedra, aunque sí fueron mellando la confianza de la población en sus posibilidades de poder obtener la riqueza prometida por la inscripción.

Algunos empezaron a considerar la estatua como una broma de mal gusto, pensada por algún antepasado que quería demostrar algo que nadie lograba entender.

Así como algunos empezaron a mirar a la estatua con notable desconfianza, para otros la frustración era tan grande y profunda que incluso pidieron al alcalde de la ciudad que enterrase cuanto antes el monumento para no tener que verse enfrentados cada día a su propia impotencia.

Un día, un artista de un pueblo vecino, un hombre que disfrutaba contemplando la belleza de las formas de todo lo creado, llegó a la ciudad y se quedó conmovido por la belleza de la estatua.

El hombre estuvo observando desde todas las perspectivas posibles el estilo, las formas, los materiales, el color, y hasta el sonido que producía el viento al rozar aquella obra de arte. Y gracias a aquella amplitud y profundidad de su mirada le fue posible observar que exactamente al mediodía la sombra del dedo que señalaba, ignorada por siglos, trazaba una línea en el pavimiento al pie de la estatua.

Los sufíes cuentan que este hombre, después de observar con detenimiento, marcó el sitio que señalizaba la estatua, obtuvo los instrumentos necesarios, y con una barra hizo saltar la loza.

Para sorpresa de todos la loza resultó ser una compuerta en el techo de una caverna subterránea. En ella había extraños objetos, de una hechura tal que le permitieron deducir la ciencia de su manufactura, hacía mucho tiempo perdido, y en consecuencia pudo acceder al tesoro que la inscripción prometía.

Cuento aportado por contarcuentos.com
Fuente: el libro «Cuentos Sufis, la filosofía de lo simple» de Omar Kurdi y Pedro Palao Pons

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